23 de marzo de 2010

Al cliente... ¿una sonrisa?

Hace unos meses mi medio limón y yo nos compramos un piso. Nuestra primera gran compra conjunta. Y es curioso que, sabiendo lo indecisa que soy a la hora de comprar cualquier minucia, la mano no me tembló lo más mínimo al firmar la HIPOTECA y las ESCRITURAS (considero que algo que voy a estar pagando durante más años de los que ahora tengo se merece, cuanto menos, ser escrito en mayúsculas).

Después de recuperarnos un poco del primer desfalco, ahora andamos de tienda en tienda, buscando muebles para nuestro pisito. Y es que, hablando de crisis, todo el mundo se queja de lo cara que está la vivienda, pero a nadie se le ocurre mencionar lo carísimos que son los muebles.

Por otro lado, bien es sabido que la necesidad agudiza el ingenio y, a falta de dinero, eso hemos hecho: agudizar el ingenio. El ingenio y la memoria, porque hemos tenido que rescatar del rincón más escondido de nuestro cerebro las clases de dibujo técnico del instituto. Fíjate tú, quién me iba a decir a mí que aquellas soporíferas clases de dibujo me iban a servir, 12 años después, para diseñar mi propio vestidor…

Bueno, a lo que iba, que como andamos algo cortos de capital, hemos diseñado el vestidor que queremos en todas las perspectivas habidas y por haber, hemos hecho varias fotocopias y las estamos repartiendo por Málaga, cual desempleado reparte currículums, a la caza del comercio más barato (en igualdad de calidad y diseño).

Y estábamos en una de las innumerables tiendas de armarios que hemos visitado cuando algo en el vendedor me llamó la atención. No sé si es que se sintió ofendido por el intrusismo amateur de nuestro dibujo casero o, simplemente, es que la palabra marketing ni le suena.

El caso es que el tendero no hacía más que ponernos pegas a nuestro elaborado diseño. Donde había una barra para colgar quería poner cajones y donde había baldas quería poner zapateros… La cosa llegó hasta tal punto que, en un momento dado, levantó la voz y dijo: “Eso no puede ser así, es que no, me niego a hacer eso”.

¿¿¿¿¿¿¿¿¿Cómo que te niegas?????????? Pues ahora la que se niega a comprarte un vestidor completo soy yo, so imbécil, pensé yo, mientras de mi boca salían tímidamente las siguientes palabras: “Bueno, claro, suponiendo que se pueda hacer, que aquí el profesional eres tú”.

Le dimos las gracias, nos levantamos y, ya en la calle, mi medio limón y yo decidimos que podíamos tachar una tienda de la lista porque, por muy barato que fuera el presupuesto, esas no eran formas de tratar a alguien que se va a gastar en tu negocio una suma considerable de dinero.

En fin, que aún habiendo estudiado una carrera, un master y un doctorado en la materia, considero que sé el 0,01% de lo que se puede saber en marketing pero, lo que sí tengo claro es que Kotler y otr@s tantos genios de esto, no pueden estar equivocados: Y es que el poder, lo tiene el consumidor. Y no al revés.